FANTASMAS Y BRUJAS PARA UN VERANO MARAVILLOSO

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Cuentos maravillosos de ayer

y siempre para todas

las edades

 

Lo maravilloso se opone a lo extraño por cuanto “permanece  sin explicación” y supone “la existencia de lo sobrenatural”.

T. Todorov.

¿Quién no se ha sentido irresistiblemente atrapado por historias de fantasmas o de casas encantadas? ¿Quién no se ha estremecido por el aullido imaginado del hombre lobo alguna noche interminable de luna llena? ¿Quién ha sido capaz de mantener la serenidad ante la amenaza de maldiciones y los conjuros intimidatorios de algún hechicero o la mirada siniestra de una bruja? ¿Quién, y  no pocas veces,  no ha sucumbido fascinado por la palabrería del adivino o del mago vendedor de filtros amorosos y encantamientos?

A la sombra de este hechizo se han construido  historias ajenas a cualquier tiempo, que ejercieron su poder irresistible sobre la imaginación de hombres y mujeres de todas las épocas. Escribía George Macdonald, hablando de lo maravilloso, que “las fuerzas más poderosas residen en la región de lo inaprensible”. Son historias que  pertenecen a   ese espacio que no alcanza la razón, al territorio del misterio, al imperio de lo sobrenatural, a lo indecible, a esas fuerzas que no se pueden explicar  porque trascienden el pensamiento. Fernando Lillo se ha encargado de rescatarlas, pulirlas y organizarlas en su último libro  Fantasmas, brujas y magos de Grecia y Roma, en ediciones Evohe.

Vivimos urgidos por la necesidad, difícil de satisfacer, de una representación de las cosas más importantes, de dónde venimos y a dónde vamos, de la muerte, de la naturaleza del cosmos e incluso de Dios, porque, por poco que reflexionemos y lo hagamos con sinceridad, reconoceremos que carecemos de ella y esa carencia nos desasosiega.  En palabras de Píndaro, sólo somos el sueño de una sombra, una  imagen imprecisa, inane, sin contorno, una fantasía construida por nuestras identificaciones psicológicas, como la de Narciso.

Fernando Lillo, al estilo de Apuleyo en el prólogo de El asno de oro, nos sugiere dos caminos para sacar provecho a su propuesta, que son los que sigue todo buen lector, la predisposición a maravillarse, a abrir lo ojos como platos, a dilatar nuestras pupilas,  y a sumergirnos con deleite en sus fatásticas historias; pero el objetivo final supera este primer propósito y anima a la reflexión sobre la naturaleza del romano y griego, que es como reflexionar  sobre nuestra realidad universal. Un mosaico polícromo de lo maravilloso, un rico catálogo en el que es posible descubrir las vías e instrumentos de lo inexplicable y lo sobrenatural  en la vida cotidiana y en la literatura de griegos y romanos.

Todas estas historias, rescatadas por Fernando Lillo fundamentalmente de la ficción literaria grecolatina, nacen en la dimensión de lo numinoso, de lo sagrado o lo que es lo mismo, en ese territorio primordial de lo indecible, de lo pavoroso, de lo secreto, lo oscuro, lo inexplicable, lo misterioso. Los numina invadían de manera absoluta la vida de griegos y romanos al extremo de que no sólo los cuerpos físicos y celestes eran divinidades, también las acciones humanas, incluso las más insignificantes, eran expresión de una energía divina que habitaba en el dominio de lo sagrado, una fuerza de la naturaleza extraña a la humanidad, pero que fluye sin obstáculo hacia ella.

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